
Triste, y ya solo, se preguntaba a sí mismo cómo el tiempo había pasado tan rápido.
Se preguntaba cuándo comenzó el día en que dejó de sentir nada. En que dejó de esparcir serpentinas por el suelo y de beber champán. Se preguntó cuándo el mundo había comenzado a estar del revés, y la justicia no era ya justicia sino sonido de pandereta. Se preguntó cuándo mover los hilos de lo que no está bien, estaba mal.
Se levantó, apagó las luces y fijando su mirada en un punto fijo de la pared comenzó a dar vueltas como una peonza. Cada vez más rápido. Cada vez más lejos del suelo, como si volara.
Las lágrimas le recorrían el rostro a la misma velocidad de sus vueltas. Cada vez más. Cada vez más abundante.
Y tras el desmayo que continuó al mareo, recordó que estaba solo. Y que ésa era la razón del desorden.