Un post-it

"Como lo oyes. Tal como te lo digo, lo siento. Y lo siento mucho, créeme, pero no creo que deba seguir viéndote más. Ni tú a mí. No creo que debamos seguir viéndonos. Es mejor olvidarnos. Yo, por mi parte lo voy a hacer...lo voy a intentar". 

La carta finalizaba ahí. Más bien la nota. Aunque pensándolo bien, nunca pasó de post-it pegado en la nevera.

Este mensaje, escrito con lapicero, ha estado adornando mi cocina tres largos años. Treinta y seis largos meses durante los que he esperado y deseado que se despegara y cayera al sueño, que se rompiera la burbuja de cristal que parecía encerrar cada una de las letras y que fuese todo un mal sueño.

Pero nada ha ayudado esa caída. Me empeñé en cocinar con la olla a presión, provocando vaho a diestro y siniestro. Y nada.

Cada vez que salía por la puerta, ahí estaba, mirándome, siguiéndome a cada paso, observando mis giros de cabeza hacia otro lado y evitando que todas las mayúsculas me persiguieran.

Hoy he decidido tirar a la basura todos los bolígrafos y las plumas estilográficas. Todos los lapiceros e incluso los papeles han ido al vertedero. Recupero el ordenador con la esperanza de que el post-it caiga de aburrimiento al suelo y las letras del siniestro mensaje desaparezcan al son del tecleo que a partir de hoy está marcando mi día a día...

En 'shock'

De repente un día alguien pensó en arreglar el mundo. O tal vez pensó en exprimir toda posibilidad de ir hacia adelante, no dejando fluir todo como buenamente mandase el propio devenir de las cosas, al amparo de poder conseguir algo más que el resto. De repente un día alguien se creyó en posesión del bastón de mando y con una simple recomendación con aspecto de teoría sucumbió a los mandatarios de varios de los países más débiles del planeta. 

Y de la teoría a la práctica, las gentes de esos lugares olvidaron luchar enfervorizadamente por recuperar la esencia de lo que siempre habían sido. Se dejaron llevar, presas del pánico por perder lo poco que tenían y quedarse sin nada más que el recuerdo de lo que fue. 

Chile, Argentina, Rusia, Irak...Ahora se deshoja de manera global la margarita del 'me quiere, no me quiere', esperando una solución planetaria a la crisis que afecta de Norte a Sur y de Este a Oeste. Una crisis de valores, de ideas, de esperanza y de búsqueda de soluciones conjuntas. 

De un tiempo a esta parte dejamos que otros decideran por nosotros. Dejamos que impusieran medidas cuyas consecuencias no son otras que el enriquecimiento de los más ricos y el empobrecimiento de los demás. Hoy permitimos que elijan gobiernos a la carta de alguien mucho más poderoso que ellos; de aquél que maneja a su antojo el recorrido de países enteros. 

Con cinco millones de parados, la sociedad española ha evitado la confrontación social y ha callado a la espera de una solución a corto plazo que tardará en llegar lo que tarda alguien en convencerse de que aún no ha llegado el momento de parar. 

A diferencia de otras épocas, hoy sabemos que, aunque dejemos que otros jueguen con nuestros intereses, no nos engañan. Sabemos además que los mercados, los llamados poderosos, los entes abstractos que al parecer mandan sobre todas las cosas, son cuatro o cinco cuyos nombres nos suenan aunque no se pronuncien en alto, por no asustar. 

Si es cierto lo que dicen, ¿por qué seguir quedándonos en 'shock' pudiendo alzar las manos y luchar por lo que es nuestro?, ¿por qué permitir que afuera sigan hablando alegremente cuando lo que se juega de verdad es el futuro de todos?

Una noche interminable

Llevaba mucho tiempo esperando este día y en sus ojos, pasadas las 8 de la tarde, todavía se podía leer el ansia con que había hecho correr las horas. Estaba nervioso, inquieto...pero a la vez cansado de tanto movimiento y actividad.

Tras la cena y una breve conversación al filo de su cama, apagó la luz en un santiamén y se arropó cubriendo su cara hasta casi taparse los ojos. Y así, agarrando con fuerza la manta y revolviendo con los pies los nudos de sábana que se le iban quedando bajo las piernas pasó toda la noche. Toda la interminable noche.  

Como a la mitad de la madrugada el hormigueo de los dedos se le pasó a los antebrazos y, tras estos, a los codos y hasta los hombros. Pero no cejó en su empeño de mantenerse totalmente inmóvil, en silencio, esperando con impaciencia que el gallo o el despertador marcase la hora de levantarse. 

Como sacudido por un calambre, que más que corriente llevaba cosquillas, se levantó de un salto, tropezó, abrió la puerta y recorrió el largo pasillo hasta el salón. 

Ahí estaban: esparcidos por toda la sala. Montones de cajas empaquetadas, con mensajes, con dibujos y con una caligrafía propia de alguien que llega de muy lejos, que escribe con prisas porque aún tiene que hacer más visitas. 

Ahí estaban, todos sus regalos. Había llegado la hora de despertar al resto de la familia porque, por fin, era el día de Navidad. 

¡Felices Fiestas a todos!