La sombra de las sabinas

Sólo un rayo de sol. No hay sombra. Mi cesta sostiene los aparejos del abuelo. Los abraza como si quisiera quedárselos para siempre.

Al otro lado del jardín, la pinaza campa a sus anchas, convirtiendo el lugar en un mar marrón, de ramitas y hojarasca. Así han sido siempre los veranos en casa de los abuelos. Así los recuerdo. Porque bajo la sombra de las sabinas hasta el color de las buganvillas y las adelfas parece diferente.

No ha cambiado nada. Recuerdo este lugar tal como lo veo hoy: un cielo azul bordeando todo el monte de sabinas, cubos blancos sorteados acá y allá y al fondo...el mejor regalo: el mar.

Hace semanas que corre mucho viento. Un viento que arrastra la humedad del Mediterráneo. Un viento que me traslada a otro mundo si cierro los ojos y me dejo arrastrar también por él.

Y aquí sigo, tratando de encerrar este momento y llevármelo a Madrid, para que me sirva de postal en las secas mañanas de invierno. Sigo tratando de describir en un trozo de papel qué siento cuando cierro los ojos y el aire me despeina.

El siseo del aire me relaja. Y me pregunto cuánto tardaré en olvidar esto y sumergirme en el mar de las prisas, los atascos y el humo de los tubos de escape. Y aunque sé que afuera, en cualquier otro lado que no sea esta isla, lo que me espera es algo diferente a este sosiego, quiero seguir saboreando esta brisa ibicenca, grabando en mis recuerdos la blancura de esta casa donde tantos años de mi niñez he soñado con escapar.

Así, cada vez que la imaginación me permita, podré escaparme a este punto del patio, rodeada de adelfas, pinaza y buganvillas y adormecerme bajo la sombra de las sabinas.

Marzo

Sonríe mientras le acaricia la mano y fija la mirada en los pocos cabellos que ya le quedan. Hace tiempo que quiere decirle que la edad no perdona y que el atractivo, antaño tan evidente, hoy se esconde entre arruga y arruga y aparece cada vez que le guiña el ojo derecho, con suma complicidad. 

Él acerca la palma de la mano a su mejilla y continúa hablando. Le cuenta que ayer por la tarde vino Pablito con su pelota nueva. "¿Te diste cuenta de lo travieso y lo inquieto que es? Su padre era igualito que él a su edad", le comenta. 

La mira, esperando una reacción en su rostro obnubilado. Y continúa hablándole del buen tiempo que hace fuera, de que se está acabando el invierno y de que el sol brilla y hace ya algo de calor. 

Le habla de la primavera en que se conocieron, de la primavera en que se casaron y de la primavera en que llegaron los mellizos. Marzo siempre fue su mes. "Siempre dijimos que en marzo renacía todo". Y ella asiente, ausente pero atenta a las arrugas de su cara.

Su voz suena cansada. Hace ya mucho que ella no recuerda  nada. Ni siquiera sabe quién es. Y tras más de medio siglo juntos a él la insistencia le puede. La insistencia y el amor por esos ojitos brillantes con los que ha compartido toda su vida. 

"No sé qué nos traerán de comida,  la enfermera parece que se retrasa".

Ha decidido quedarse (para siempre o por hoy), comer con ella y seguir charlando en la sobremesa. No sabe sobre qué será mejor hablar para conseguir arrancarle una carcajada. Ayer se dio bien y estuvieron toda la tarde riendo. 

Y piensa <<¿por qué no?, probaré a contarle la historia de cuando nos equivocamos de puerta. Tal vez le haga gracia con un par de gesticulaciones>>. Le merece la pena intentarlo. Su sonrisa es la mejor recompensa.

Fin de fiesta

El suelo estaba lleno de globos rotos, de serpentinas de colores y de servilletas de papel usadas. Y mientras todos iban saliendo por la puerta, él continuó observando el panorama desde una esquina de su salón. La fiesta había terminado, y en su recuerdo aún seguía saboreando los suaves aromas de la crema de marisco, del asado, del dulce de leche que tomó de postre... Bajo su lengua, aún seguían cosquilleándole las burbujas del champán. 

Triste, y ya solo, se preguntaba a sí mismo cómo el tiempo había pasado tan rápido.


Se preguntaba cuándo comenzó el día en que dejó de sentir nada. En que dejó de esparcir serpentinas por el suelo y de beber champán. Se preguntó cuándo el mundo había comenzado a estar del revés, y la justicia no era ya justicia sino sonido de pandereta. Se preguntó cuándo mover los hilos de lo que no está bien, estaba mal. 

Se levantó, apagó las luces y fijando su mirada en un punto fijo de la pared comenzó a dar vueltas como una peonza. Cada vez más rápido. Cada vez más lejos del suelo, como si volara. 

Las lágrimas le recorrían el rostro a la misma velocidad de sus vueltas. Cada vez más. Cada vez más abundante. 

Y tras el desmayo que continuó al mareo, recordó que estaba solo. Y que ésa era la razón del desorden.