La historia de los Salazar, parte I

Sus manos recorren una a una todas las esquinas de las fotografías del álbum. Le gusta tocar los pliegues que se forman, cada una de las capitas que aparecen cuando se “deshilacha” el papel. Y las mira con nostalgia, encajando esos momentos en las tantas lagunas que ha formado en su cabeza el paso del tiempo.

Angola, Zaire, Sudáfrica, Lisboa, Sagres o Madrid… Muchos lugares y numerosos momentos que van apareciendo con cuentagotas en su memoria y que le sirven para ir completando el puzzle en el que se ha convertido su pasado. ¿Cómo relatar cada recuerdo?, ¿cómo darle un sentido lineal a todo lo que ha vivido? Porque no hay nada escrito, nada que acredite siquiera su nacimiento en la Lisboa de 1956 o que demuestre de forma física que viajó y viajó, que recorrió un sinfín de lugares sin saber dónde depararía su periplo.


Hace unos años, ordenando la colección de pipas que su padre le dejó en su haber, pensó que tal vez nada ocurrió como recordaba. Porque por no recordar ya casi no se acuerda de cómo se dicen ciertas palabras en portugués, ha perdido la costumbre, la rapidez y la soltura de hablar en su idioma materno, por mucho que haga vagos intentos mientras suma los resultados de las partidas de dados de los domingos.

...Continuará...


Bostezos

Diez minutos es lo que suele tardar desde que sale del portal hasta que coge el primer tramo de las escaleras del metro. Y en ese ligero paseo consigue saborear el poco aire fresco que corre en estas mañanas de julio en Madrid. Observa cada ventana abierta, las dos o tres caras que a estas horas de la mañana se asoman tras el cristal abriendo la boca como si suspiraran, aunque en realidad boquean, se desperezan, se despiden del entumecimiento que produce dormir. A esas horas, los empleados de Correos se encaminan hacia su oficina o los conductores que pasan apresurados por el cruce hasta el puente, disimulan ante el retrovisor haber bostezado por cuarta vez desde que arrancaron el coche. 

Esos paseos le hacen feliz. Y, como los gatos cuando expresan satisfacción, bosteza, se tapa la boca con la mano y encara el viaje en metro hasta el trabajo como si fuera el primer día. 


La historia de los Salazar

INICIO

La vieja Telefunken Gavotte presidió el salón de mi casa durante toda mi infancia.  Ocupaba prácticamente todo el altillo del mueble, al lado de dos grandes jarrones con flores de tela y un extraño payaso de colores hecho de vidrio soplado cuya sonrisa nunca supe descifrar. Todos los elementos decorativos cambiaban de lugar y de posición de vez en cuando. A veces, mi madre provocaba una limpieza general con el único objetivo de mover el payaso de sitio, de reponer las flores de tela o de colocar viejas enciclopedias que ya nadie consultaba al lado de cualquier otra figurita que desde ese mismo momento decidía que presidiría el altillo. 

Nada robó nunca el reinado a la vieja Telefunken. De hecho aún hoy sigue cubriéndose de polvo con chulería, pero también con la solera y la grandeza que dan años y años de protagonismo. Continúa allí, muda, viendo pasar de forma impasible las miradas extrañas de las pocas visitas que reciben mis padres los domingos por la tarde. 

Tal vez tenga ya sesenta años, o setenta. Nunca llegué a saberlo con certeza. Forma parte de las muchas lagunas que conforman la vida de mi padre, tan llena de aventuras, de viajes a lejanos lugares de África, de romanticismo encerrado en cartas de amor que irremediablemente han amarilleado por el pasar de los años. 

Una historia que todavía me cuesta entender y de la que aún me faltan trazas que quizá nunca llegaré a conocer del todo. Porque tampoco sé cómo empezarla, ni qué momento puedo cifrar como el primero. Son tantos detalles, que a la hora de hilarlos parece que ninguno vaya a casar del todo. 

Porque la vida de Joao Salazar ha sido de todo menos aburrida. O al menos eso es lo que nos ha contado siempre. Hoy ya no recuerda muchos detalles, e incluso se sorprende al recordar fragmentos que nos relató una y mil veces a lo largo de nuestra niñez. Le vienen a la memoria nuevos momentos, nuevas caras y nombres y a la hora de narrarlo todo se convierte en un puzzle con un millón de piezas más que montar. Aunque de lo que estoy segura es de que sus recuerdos se aceleraron si echamos la vista atrás de tres años para acá...

Paseábamos por una calle ancha, llena de matorrales, en el camino que la naturaleza ha trazado desde la fortaleza de Sagres hasta las casas de pescadores que parecen delicadamente colocadas, de una en una, mirando de forma lejana al mar que se abre ante ellas. 

Hacía calor y ya estábamos cansados. Pero los ojos de mi padre brillaban con un color especial. Estaba recordando. Murmuraba que aquello ya lo conocía, que aquél paseo lo recorrió en innumerables ocasiones cuando no contaba con más de diez años. 

Aunque nunca he comprendido bien en qué parte de toda su historia se encaja que viviera en Sagres, lo cierto es que aquella tarde conocí a dos personajes fundamentales que otorgan gran peso a la misma. Mariela y José.


...Continuará