Quema el asfalto en la calle. El aire corre caliente y casi quema. Una bola de pelusa sube zigzagueando hasta postrarse sobre la baranda de su balcón, pero no entra. Él, tumbado sobre la esterilla de paja en un extremo de su pequeño salón, cierra los ojos y recuerda cómo suenan las olas dejando estallar su furiosa carrera sobre la orilla de cualquier playa. Reproduce el sonido de las gaviotas y parece que sintiera la brisa, parece que le despeina…y no puede más que sonreír.

Sonríe.
Al fin y al cabo no se está tan mal.
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